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Mire usted, aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado? Discipulos haciendo discipulos

“Un ángel del Señor le dijo a Felipe: «Ponte en marcha hacia el sur, por el camino del desierto que baja de Jerusalén a Gaza». Felipe emprendió el viaje, y resulta que se encontró con un etíope eunuco, alto funcionario encargado de todo el tesoro de la Candace, reina de los etíopes. Este había ido a Jerusalén para adorar 28 y, en el viaje de regreso a su país, iba sentado en su carroza, leyendo el libro del profeta Isaías. 29 El Espíritu le dijo a Felipe: «Acércate y júntate a ese carro». […] Entonces Felipe, comenzando con ese mismo pasaje de la Escritura, le anunció las buenas nuevas acerca de Jesús. Mientras iban por el camino, llegaron a un lugar donde había agua, y dijo el eunuco: —Mire usted, aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado? Entonces mandó parar la carroza, y ambos bajaron al agua, y Felipe lo bautizó”. Hechos 8:26-29, 35-38

Es casi imposible que no pensará en este pasaje aquel domingo 10 de noviembre. Un poco más de treinta hermanos de las ciudades de Bogotá, Cali y Medellín, estuvimos visitando la iglesia de Cristo en Neiva, Huila, al occidente de Colombia. Queríamos animar a los hermanos y amarlos como Cristo ama a la iglesia y nos llama a amarnos los unos a los otros. Estaba siendo un tiempo difícil en el ánimo de los discípulos en Neiva, en especial de los jóvenes, con quienes pude hablar antes de pensar en viajar para visitarlos y, anhelaba con ansias ir a verlos.

Llegamos un sábado y pensamos en compartir un tiempo como hermanos, teniendo charlas bíblicas en el Desierto de la Tatacoa y un tiempo para confraternizar, luego de que varios viajáramos por horas para encontrarnos. El domingo, estuvimos en el servicio dominical de la Iglesia en Neiva; Desde antes del viaje, Dios puso en mi corazón no solo el deseo de visitarlos, sino de compartir nuestra fe en la ciudad. Siempre es bueno amar a quienes Dios ya ha reconciliado consigo, pero cuan valioso es esparcir el amor que de Dios hemos recibido con quienes aún son enemigos. 

Los hermanos de Neiva nos llevaron a una plaza principal y comenzamos a invitar a las personas en el parque para que escucharan una pequeña charla. Cuando llegamos parecía todo estar vacío, pero en un abrir y cerrar de ojos, muchos oyentes escuchaban las palabras de Jesús, cuando leíamos sobre Jesús y la Samaritana. 

Mientras se compartía este pasaje, un hombre anciano se acercó a una fuente que estaba frente a nosotros para recoger un poco de agua; un joven que también viajaba con nosotros desde Bogotá y, que se bautizaría el siguiente día (11 de noviembre), se aproximó al anciano para invitarlo a escuchar. El hombre iba con una botella vacía y dijo: ¡en cuanto vaya por el agua, vendré a escuchar! No pensamos que vendría, pero cumplió su palabra. 

Cuando llegó al círculo de personas que escuchaban, alguien leía el pasaje de Juan 4, diciendo: “Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua para vida eterna.”

Escuchar esto impacto a aquel hombre, quien conversó con discípulos luego de que se acabara la charla bíblica. En esa plática, el hombre les confeso que vivía en aquella plaza, sin hogar y sin familia (pues no quería saber nada de ella), todo lo que lo acompañaba era la ropa que llevaba puesta y un cartón para dormir. El hombre tiene entre 72 y 80 años. Y, justo en ese momento, Dios tocó profundamente su corazón. 

Mientras hablaban con él, sorprendía a quienes lo escuchaban con las escrituras que comenzaba a citar y las palabras que salían de su boca. Este hombre entendía muchas cosas, comprendía que debía ser bautizado y, sabía que, ello significaría el perdón de sus pecados y su reconciliación con Dios. Uno de ellos, le preguntó “¿Qué te impide bautizarte?” – A lo que continuaba alargándose la conversación; el joven que lo había invitado y que se bautizaría el lunes en la mañana, le dijo que viniera a su bautismo y que se bautizará junto con él. 

A las 6 de la mañana del 11 de noviembre del 2019, ya estábamos todos reunidos y aquel hombre con nosotros. Bajo la lluvia y luego de hablar con otros discípulos, Don Filomeno, ese anciano que hasta ese momento dejaba de ser un enemigo de Dios, para convertirse en su hijo y en su pueblo, se bautizó…

Siempre es increíble ver todo lo que Dios hace. Su amor por quienes están perdidos, nos hace recordar cuando estábamos lejos de él, cuando éramos sus enemigos, pero quienes por amor y misericordia del Altísimo, Dios único y verdadero y de su Amado Hijo, fuimos salvados. 

Empecé hablando sobre Hechos 8, pues no he dejado de pensar en esta historia; creo profundamente que Dios nos permitió vivir algo como lo que vivió Felipe con el etíope eunuco. Un día estaba pensando en las iglesias pequeñas de Colombia y Dios, puso en mi pensamiento la iglesia de Neiva. Digo Dios, porque así como con Felipe, fue Dios quien por medio de su espíritu, nos llevó hasta aquella ciudad, y aquel domingo en la noche conocimos por fortuna a Don Filomeno, quien con nostalgia, amor y ternura, llamamos ahora nuestro HERMANO en Cristo. 

Por: Camila Andrea Alvarado – Iglesia Internacional de Cristo Bogotá

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1 comentario

  • María Isabel Gutiérrez Álvarez

    Interesante el artículo, es una gran anécdota, sin embargo considero que hay cosas que no deben globalizarse. El contexto de las escrituras no deben asumirse en todas las ocasiones al nuestro, somos seres humanos en épocas diferentes. Dentro de la iglesia siempre se ha valorado y tenido en cuánta el proceso y pienso que ese proceso me muestra fielmente el pecado del otro y esto es importante para poder mostrarle, bajo su pecado, la importancia del arrepentimiento, esto teniendo en cuenta que como seres humanos cada día olvidamos lo que realmente es el pecado.

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